DESISTE, HOMBRE
Desiste, Hombre.
No se hicieron los círculos
para encuadrar tus manos.
Mañana y noche
te desordenan los músculos,
la voz anclada.
Nunca verás el mundo
esférico y perfecto
de los televisores
y de los ojos ajenos.
Desiste:
siempre se te escaparán
pájaros torcidos de las venas.
Dicen que les dejas
heridas, allá donde se posa
el borde de tus dedos encendidos:
Que no se acerquen a ti.
Desiste, Hombre:
Porque eres lámpara
y estás desnudo.
Que no te limen los ángulos.
CUANDO LLEGAMOS NOS CIERRAN LAS VENTANAS
Cuando llegamos
nos cierran las ventanas;
las calles se nos estrechan,
se vacían y se nos hacen oscuras
las ciudades.
Sólo el silencio nos recibe
con sus manos redondas.
Cuando llegamos, todos nos vuelven
la espalda.
Hipócritas, absurdos, temerosos:
no nos reconocen como suyos.
No nos reconocen,
y nacimos de su pecho y
de sus uñas abiertas.
Y ahora nos vuelven la espalda.
Sólo el silencio nos recibe
con su pie desnudo y único.
Cuando llegamos, hasta el aire
se detiene.
Los pájaros se pudren en el cielo
y caen sobre el asfalto
con ruido de campanas.
Se nos hace ajeno el mundo,
cuando llegamos. Y nos pesa
este silencio rectangular, de tumba
que nos cuelga de los ojos.
Y no nos reconocen.
Egoístas, miedicas, reconcomidos...
No nos quieren y nacimos
de su pecho partido,
de su sangre, del pánico
de sus noches espesas.
Y no nos reconocen. Por eso,
cuando llegamos, todos se tapan los ojos:
se santiguan, nos olvidan,
o pretenden olvidarnos;
Por eso cuando llegamos tienen miedo.
Y por eso nos cierran las ventanas.
TODOS LOS MALES
Todos los males del mundo
Dicen, son males de amor.
Esa cierta caricia, el amor,
que te alcanza
como un ave en vuelo
y te rescata... No la conocemos.
Ese beso podrido
de ilusión y flores
que te revienta en el pecho,
que te arranca de la vida
-de esta vida cotidiana
del publireportaje y la
gasolina sin plomo-
ese beso volador, lascivo,
no lo tenemos, no.
No lo tenemos.
Como un día temimos,
al despertar estamos solos
en la cama inmensa
Y blanca. Un vacío
como de despertador, como
de muerte, nos repica en el pecho.
La verdad duele:
No tenemos el amor.
Quizá
No lo tuvimos nunca.
Ese amor, esa palabra esclava
no vino a visitarnos a nosotros.
No nos amaneció el sexo
pegajoso entre los vientres
y lo creímos milagro.
No nos aclamó la multitud
como a triunfales Romeos y
Julietas. No nos quiso nadie.
De ese amor traidor y dulce
no moriremos nosotros.
No nos cayeron todos los males
del mundo.
Repito: no nos cayeron todos;
los males del amor nos son ajenos.
Carguen otros infelices sus cadenas.
MIENTRAS ESCRIBIMOS
Mientras escribimos el poema
estamos a salvo.
Allá fuera, por encima del papel
aúllan las balas, enloquecidas agoreras,
estallan los misiles, se esparcen
las cabezas; con parsimonia,
las bombas dejan caer
su olor intenso a desmembramiento
y muerte.
Más arriba aún, se firman pactos
con manos enemigas; y esas sonrisas
esas tintas, esas rúbricas rotundas
resquebrajarán más cuerpos, dejarán
otro rastro de terror y sangre sucia
en aldeas de nombre impronunciable.
Ahí afuera se estrellan las miradas.
Arriba, fuera del papel, los niños
tienen nombre de fusiles.
Un crujir de metralla va incendiando
las ventanas. Nadie puede salir.
Cuerpo a tierra.
Los ángeles llegan en aviones invisibles
y arrojan misivas que revientan las ciudades.
Todos a cubierto.
Esto es el fin.
Más allá de este poema
el mundo se ha vuelto loco
de medallas y de dólares.
Mientras escribimos el poema
se abre una grieta en el papel.
Y miramos hacia arriba,
Al eclipse de cadáveres marchitos
Que nos llaman con mil lenguas
Que nos piden ayuda con los restos calcinados
De sus brazos, con ojos ininteligibles y vacíos.
Allá arriba la muerte se esparce
A bocajarro. La hecatombe de los días.
Caen granadas.
Cuerpo a tierra.
Esto es el fin.
No es bastante refugio este poema.