RUMMIKUB EN LA ANTILLA

Humeaba un Octubre atolondrado
el sirimiri regaba a lunares
ese paisaje de moscas y partículas;
alguien citó a Einstein, pero se impuso
un Monopoly . Álamos al fondo
subrayando la orilla de la noche.
Se ha cuajado ese magnético instante:
ardiendo con más fuerza en la distancia,
como todos. Y el té con miel, la sal
omnipresente y “ El apartamento” .
Hollín de tardes frágiles y quietas
como yeso que sueña ser estatua.
Quedan los dados, fósiles incómodos,
y aquella anécdota de las polillas.
Queda la flecha de frío que entraba
por el portón: apenas lo notábamos.
Tu turno, juega ya ¿tienes un seis?
...niebla de carcajadas que se esfuma.
Como ceniza rendida ante lo inevitable,
la lumbre aúlla un eco ya perdido.
Yo avivaba la candela.
ERA OTOÑO, RUMOR DE ESTIÉRCOL 
El tren languidece entre chirridos
con la fatiga de una torpe vaca;
un aire de chicharras se me asoma.
Iban al tropel los animales:
un reguero pardo que
se descorchaba en la colina,
largo y musical, como el origen de la memoria.
Ahora también se rasga en dos el campo:
la súbita cremallera
de los raíles. Voy deprisa.
Entonces, junto a mí
la vaca se erigía como un precipicio:
excesiva y perdurable.
Se van
desentumeciendo los vagones
con el monótono latido de algo que respira
-metal que suena o gime-
y un sosiego que se queda ahí, enganchado en la corteza.
En paralelo, el sencillo trayecto de las bestias
la espuma de hojarasca chorreando en las pezuñas.
Su olor a leche se mastica: conseguí rozar
una quijada.
Atrás quedaron esas primeras veces.
Se trenza ahora la tierra en un rebaño de átomos
entumecidos como ciertos recuerdos.
Todo se oxida.
Entonces erraban las vacas perfiladas en el lodo;
hoy, al fondo, la ciudad con sus tallos quietos.
Estamos llegando. Era otoño
-ese rumor de estiercol y osamentas-
lo recuerdo bien.
El tren tirita.